Testimonio personal: Experiencia con Jesús

Por Jonny Guerra, 2 de enero de 2025. Comentario sobre el evangelio de San Juan 1, 1-18, 2° domingo de navidad, ciclo A.

El Segundo Domingo de Navidad nos invita a tomar conciencia de nuestra profesión de fe, especialmente del misterio de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: Cristo Jesús.

Al contemplar a Jesús, no nos detenemos solo en cómo se originó el mundo, sino en por qué fue creado. Ya el evangelista Juan nos introduce en esta verdad: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho”.

Estábamos en la mente de Dios, en su providencia, desde el momento en que decidió crear el universo. Por eso, este pasaje del Evangelio resuena con las palabras del Génesis: “A imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). En este sentido, la humanidad está llamada a ser manifestación visible del Dios invisible, en Cristo, quien se encarnó en la Santísima Virgen María. Al caminar entre nosotros, Jesús nos muestra la plenitud de Dios. De ahí la profundidad de las palabras del evangelista Juan:

y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Sin embargo, en medio de esta noticia luminosa, el Evangelio también nos advierte sobre la existencia de las tinieblas: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió”. Y añade: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”.

Y es que, aunque Jesús habita entre nosotros, la humanidad muchas veces no encuentra su plenitud en Aquel que es la Verdad. Incluso nosotros, como cristianos, podemos perderlo de vista. Cuando esto sucede, la vida se vuelve vacía: nos olvidamos del prójimo, nos apartamos del amor y caemos en la indiferencia.

Preguntarnos por qué existe la maldad puede parecer un camino fácil: ¿Por qué tanta injusticia? ¿Por qué nadie hace algo? Podemos llenarnos de preguntas que solo nos angustian. Pero la respuesta se abre, sobre todo, cuando damos testimonio. San Juan Bautista da testimonio y clama diciendo: “Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”.

El Bautista daba testimonio de su experiencia con Jesús. Y entonces la pregunta se vuelve personal: ¿cuál es tu experiencia con Jesús? ¿De qué das testimonio?

Muchas veces, nuestro testimonio termina siendo el de un Dios lejano e indiferente; nuestro “grito” se parece más a la angustia y la tristeza que a la esperanza. Quisiéramos que todo se resolviera de inmediato, que nos cayera el maná del cielo para no volver a tener hambre.

Pero “la Ley se dio por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo”. Ya no es el maná que alimentó al antiguo pueblo de Israel lo que nos sostiene: ahora es Jesús, el Verbo, el Dios-con-nosotros, que se nos entrega como alimento en la Eucaristía. Y si somos su imagen y semejanza, y por el bautismo formamos parte de su Cuerpo Místico, entonces también a nosotros nos corresponde ser, en el mundo, la parte visible del Dios invisible.

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